jueves, 22 de abril de 2010

SAGRADA FAMILIA
Escondido en el pesebre de la sombra universal, con las galaxias de los instintos zodiacales por techo, breve paja coronando el estallido de tanta gloria, naciste en el frío de una seca noche. A tu derecha estaba tu madre, la Poesía. A tu izquierda, el Dolor, tu padre putativo, te extendía un cayado de imágenes. Cogías con tus manos el aire y abrazabas la cintura del viento, conocías desde tus primeros sollozos los conciertos del ruiseñor de la Aurora. Besabas el ojo de la luz en la niebla cálida del sentido. A tus plantas, el coro de los Pensamientos, los arquetipos de razas astrales: ángeles, arcángeles, tronos, virtudes, principados, dominaciones, querubines y serafines, tocaban ante ti el laúd edénico, dorado y sonriente del santo silencio. La pradera del sonido floreció en el vientre terreno de la dimensión, y los océanos repitieron para siempre tu nombre. Los pastores de los deseos, con sus rebaños de sueños en forma de nubes, los reyes de los bienes montados en camellos de riqueza con los tesoros de las profundidades invisibles del misterio, los pobres y los ricos te ofrecían los dones abstractos de su trabajo, la piedra o el altar de la existencia donde se enciende la llama del ser. Yo me vestí de pastor y te entregué la llaga de mi corazón envuelta en la alegría de tu sonrisa. Y la emoción anegó la habitación blanca de mi alma cuando pusiste tus labios sobre su latido.
NACIMIENTO DEL YO LIBRE
Tantas cosas como es el mundo, tantas hijas de Jerusalén del sentimiento, tantos hilos que se entrecruzan en el encuentro de una red sin término. Coordenadas, paralelos, eclípticas, figuras vivientes de traslúcida sombra. Barro pensado que alberga la etérea luz de una paloma. Esa armadura de enclaves e intersecciones verbales es el velo sólido de la palabra, un cuerpo de extensísimos miembros cuya cabeza sobrepasa la línea del tiempo, el límite didáctico de las sensaciones, los artículos de razón o los frágiles principios del árbol de la ciencia. Soñamos que rompemos la tela y que sobrepasamos la ley de la muerte, el tiempo y el movimiento mecánico de la máquina natural, el agua del infinito espacio. Lo conseguimos cuando vinculamos en el impulso de la sangre del sentimiento todas las células de la diferencia. Se conforma hacia las regiones ingrávidas de la ascensión la escala del espíritu, la salvación o la felicidad. Y el cuerpo del universo levanta la cabeza por encima de las aguas, rompiendo la continuidad carcelaria de la red, rueda imparable. Alcanzamos el rostro florido de Dios, en cuya dimensión desconocida nos crea y en cuyo espejo lo creamos nosotros en un recíproco beso. El perro del tiempo se encuentra bajo nuestra frente, lamiéndonos los pies; y en el arco del perfecto silencio paradisíaco el espectro de la música ha concluido, y somos el mismo ser congregado en una rosa cuya forma es la mente.
SENTIDO CONTRA RELATIVIDAD
La verdad es una piedra en forma de pensamiento que está suspendida en el aire. Quienes la ven se preguntan, ¿cómo se mantiene sobre las cosas, cómo no cae absorbida por la gravedad, el crimen, el pecado y el error? Unos la llaman locura, otros milagro, otros argucia. Para muchos es la bestia del escándalo. La acusan, la culpan de todos los males y la condenan. Pero la piedra sigue firme en su trono de inmovilidad. Ve envejecer y renacer el mundo, ve cambiar la moda de las estaciones, ve caducar a los árboles, ve sonreír a los niños. A los que alabaron su simple desnudo sin volutas, festones ni ambages les pareció la puerta de una estrella. Cuantos la contemplan, temen o aman su serena ley. Ninguna ave argumental ha superado su clave de bóveda. Y algunos, no obstante, para negarla, vuelven los ojos hacia la oscuridad del suelo. Las ramas de los árboles y las ramas del alma crecen hacia ella persiguiendo la trascendencia de su remota y misteriosa suspensión que abraza en su sustancia el universo. La verdad es un nombre. Ese nombre es Sentimiento. La ciencia del ver, con la lente pericial y voluble de la experiencia, se sostiene en ella y la describe en infinitos ángulos que se vuelven frutos o imágenes, conceptos o interpretaciones, pero nunca alcanza la definición. A través de su invisibilidad radiante percibimos el don de lo visible.
PAISAJE DE AMOR
En la selva profunda un corazón late. Desnudo de mí mismo, lejos de Alhambra y de su expansión idílica en chorros argumentales, entro en el fantasma dorado de la hojarasca. Sigiloso camina Cronos a mi lado, tocando con la cabeza mi arco. Mi piel se vuelve silencio. Mis pasos son ninfas del bosque, las sensitivas cuerdas de la lira del pensamiento. La impenetrable fortaleza de los troncos, con sus castillos de distante magnificencia, no me sorprenden en su extravagante verdor libre. Escucho el galope del caballo del viento. Está clavado el paisaje en la brújula de mi memoria. He recorrido los páramos disfrazados de ausencia persiguiendo ese latido constante como el fluir de una fuente viva. Me tropiezo con jabalíes, osos, conejos, venados, lobos, ventanas todos ellos de mi sentido, y evado como puedo sus silbos veloces. Sobrepaso la huella de las formas. Tengo sed y percibo una cascada de íntima inteligencia, pero el agua está escondida en la lejanía. ¿De quién huyo? ¿A quién persigo? ¿De qué está hecha la carne de mi deseo? Las preguntas alzan el vuelo como bandadas de aves sin respuesta. Sombras que bailan en el tumulto de la luz. Cada vez más cerca, siento el corazón latir como el de un longevo rey sobre su trono de melancolía. Me aproximo y me alejo al mismo tiempo de un centro cuyo eco es mi oído. Me detengo. Ahora estoy frente al corazón de la selva, que es la selva misma, y yo en ella.

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